¡Vaya sorpresa!

Publicado: 27/11/2022
Autor

Paco Melero

Licenciado en Filología Hispánica y con un punto de locura por la Lengua Latina y su evolución hasta nuestros días.

El Loco de la salina

Tengo una pregunta que a veces me tortura: estoy loco yo o los locos son los demás. Albert Einstein

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Sabemos en el manicomio que aquí en La Isla muere el personal por escuchar un tambor, pero ya era hora de que las cosas cambiaran
Este viernes pasado me dieron permiso en el manicomio para salir, porque estoy mejorcito, aunque mis amigos están fatal por culpa del fútbol. Se tiran el día pegándole patadas a cualquier cosa y, cuando van a celebrar un gol, se vuelven majaretas como los jugadores de verdad. Pues bien, me fui a dar una vuelta, y al llegar a la Plaza del Rey me encontré una grata sorpresa. Habían colocado un bonito y brillante piano a la intemperie bajo el atrio del Ayuntamiento. Por lo que vi, el piano estaba a disposición de todo el que quisiera arrancarle unas cuantas notas o una melodía entera. Una niña se acercó e interpretó una sencilla canción que arrancó un caluroso aplauso de cuantos tomaban el cafelito bajo las sombrillas del 44. No era un piano de esos del montón, sino uno de auténtica categoría. Brillaba su barniz negro al sol que daba gloria.

Y se me pasaron muchas ideas por el coco. Ante todo me pregunté que de quién había sido la genial idea de colocar allí aquel piano. Sabemos en el manicomio que aquí en La Isla muere el personal por escuchar un tambor, pero ya era hora de que las cosas cambiaran y los deditos se movieran de diez en diez. Felicito a quien se le ocurrió el pelotazo. El Ayuntamiento debe apoyarlo a morir por su originalidad. Tampoco la sorprendente novedad ha pasado desapercibida en el entorno. Los seis leones que presiden la fachada no salían de su asombro al ver que se habían llevado al caballo, pero a cambio se sentían más mansos que nunca con la dulce música de tan fantástico instrumento. Por eso no paraban de sacar sus cabezas de entre las melenas para contemplar con entusiasmo el cambiazo, y hasta la salamanquesa se había dado la media vuelta para no perderse detalle alguno. A punto estuvo también el ángel de arriba del todo, que representa con su trompeta a la Fama, de caerse por asomarse demasiado a ver de qué va la competencia. Siempre he sentido fascinación por el piano y me parece que tiene mucho mérito y mucho trabajo hacer que el cerebro se divida en dos para atender tanto a la mano izquierda como a la derecha, cosa que difícilmente se produce en política. Sin embargo, desde el manicomio no tengo más remedio que advertir de varios temas, si se sigue colocando allí el magnífico piano. Será necesario que el Ayuntamiento tenga muy en cuenta el siguiente decálogo:

  1.- Que el piano se pueda tocar sin cita previa.

  2.- Que los rateros no se lo lleven como se llevan los macetones de las flores de Pascua que adornan la calle Real.

  3.- Que no lo aporree el primer malaje que pase por allí.

  4.- Que el 44 invite a un papelón de churros al que sea capaz de interpretar alguna melodía interesante.

  5.- Que le pongan a los tranvías mucho tres en uno para que pasen en silencio por la Plaza del Rey.

  6.- Que les paguen una buena nómina a los que tengan que retirar y subir una y otra vez el piano hasta el sitio.

  7.- Que no pongan encima de la tapa ningún cubata.  

  8.- Que no dejen que lo afine la oposición.

  9.- Que nadie vaya a dar la nota, que ya la da el piano.

10.- Que al creador de la idea lo nombren asesor perpetuo y que cobre por su aportación lo mismo que cobran otros asesores que no dan un palo al agua.

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